El Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen es, sin duda, la más excelente obra de San Luis María de Montfort.
Se estima que pudo ser escrita en torno al 1712 y, años después, permaneció sepultada en el silencio de un cofre escondido en una casita de campo cercana a la capilla de San Miguel, en San Lorenzo. Fue este escondite el que protegió esta obra maestra de las embestidas de la Revolución.
Al finalizar ésta, el Tratado fue llevado a la biblioteca de la Compañía de María, donde permaneció olvidado hasta 1842, comenzando a partir de entonces su divulgación.
Según San Luis de Montfort, nuestra Madre es aquel lugar donde habita el Señor en toda Su plenitud. La sencillez con la cual Dios Padre pensó a María es tan misteriosa que no somos dignos de comprenderla, pero podemos dejarnos llevar por Ella.
Consagrarse a María significa ponernos en sus manos sin condiciones, sabiendo que Ella conoce mejor el camino y que podemos dormir tranquilos en sus brazos de Madre.
Consagrarse a María significa vivir permanentemente en su Inmaculado Corazón en el interior del Divino Corazón de Cristo. Ella es el Sagrario perfecto donde reside el Señor.
Consagrarse es vivir en total unión con la Madre, de modo que Jesús viva en cada uno de nosotros por medio de Ella. ¿Quién conoce mejor al Hijo que su propia Madre?
Consagrarse a María es, en definitiva, obrar siempre por María, con María y para María. Es ser su esclavo y soldado. Es levantarte y ponerte al servicio de lo que Ella te ordene.
En caso de que tengas alguna duda, te recomendamos encarecidamente que preguntes a una persona formada en términos marianos; ya sea tu sacerdote, director espiritual o un consagrado. La consagración es un compromiso importante que adquieres con la Madre.
Cientos de santos conocidos se habían consagrado a la Madre Santísima, entendiéndola siempre como el camino directo que les llevaría al Hijo. Aquí citamos algunos de los más destacados.
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